| A través de mi ventana puedo
ver el río, con los barcos que vienen y van...y la otra orilla verde
isla que se confunde a lo lejos con el horizonte...
En estos momentos de edificar sobre mi espalda el
hoy para ser mañana, recuerdo otra ventana, otro tiempo en la casa
de la esquina; si miraba por la ventana de aquel living, la calle de tierra
terminaba en el medio de una casa, vaya a saber por qué cosas del
destino no estaban en escuadra aquellas cuadras del barrio.
En aquella infancia de cazar mariposas en el estío, de permanecer junto a mi madre en la cocina, que, tenía una ventana que daba a la otra calle, me extasiaba quedarme mirando por la ventana: la vereda de enfrente estaba mucho más alta que la nuestra y sus árboles estiraban sus copas al cielo. Un niño a veces, muy pocas, pasaba por allí y nunca saludaba. De él solo sabía que viajaba a Buenos Aires con su madre cuando era pequeño por no sé qué mal que lo aquejaba, no era frecuente verlo por la calle. Un día escuché algo que impactó mi corazón: Los grandes rumoreaban que le habían operado una pierna, como yo no sabía de qué se trataba ni tenía derecho a preguntar cosas de adultos, no cabía en mi mente pensar que quería decir todo aquello. En el murmullo de los vecinos, parecía que todo había salido bien y debía permanecer enyesado, pero qué era un yeso? El tiempo transcurría y el niño no se veía por la esquina de enfrente , hasta esa tarde que, mientras miraba por la ventana de la cocina, lo vi pasar en bicicleta, con su pierna toda envuelta de blanco; (creí que eso era el yeso, aunque a la distancia pienso que quizás eran vendas). Sentí una alegría tan honda que corrí a llamar a Mamá para que mirara por la ventana, yo también hubiese corrido a decirle: pero qué?... si en aquellos tiempos los pocos años impedían expresar lo que sentíamos ni sabíamos como hacerlo, además mi mejor amiga estaba enamorada de él, creo que él también lo estaba de ella; yo lo estaba de otro, y así sucesivamente... todo quedaría inconcluso y menos... dicho. Sin yeso y problemas a la vista, a veces pasaba por la vereda de enfrente, o por la de mi casa, difícilmente saludaba, por qué sería? Caminaba concentrado en sus cosas, como me pasaba a mí que tampoco saludaba? Fuimos creciendo, jugábamos al carnaval, nos disfrazábamos, conformábamos una linda barrita y hasta hicimos una obra de teatro para todo el vecindario. Con la llegada de la adolescencia, en lugar de unirnos más, nos dispersamos, estudio, trabajo, las horas libres eran para la familia. Joven, inteligente, estudiaba con ahínco una carrera universitaria. Cada uno en sus actividades, ya no pasaba por la esquina, o quizá yo ya no miraba... Un colectivo hacia el trabajo, tomado a la misma hora en el mismo lugar, hizo que conversáramos un tiempo de algunas cosas que nos pasaban, los hermanos, los padres, los estudios con sus exámenes... hasta que cambios de horario nos alejaron. Pasaron años en que la vida nos aportó seguramente penas, alegrías, soledades, tristezas, y construimos un mundo nuevo con nuestra propia familia. Nuestros hijos en el mismo colegio nos acercaron y poco a poco comenzamos a recordar los días de la infancia. Qué cosas extrañas tiene la vida! de aquella barrita de chicos que con tanto cariño recuerdo, solo dos acuden de inmediato a mi llamado y sé que puedo contar con ellos, son los que por timidez, como yo, no saludaban. El no sabe que cuando lo vi en bicicleta con el yeso sentí (yo tampoco lo sabía) por él ADMIRACIÓN, por su garra, su fuerza de voluntad, su deseo de superación, y aquella imagen quedó grabada en mí para siempre. Celebro este re encuentro con un tiempo ido y con nosotros mismos, porque lo que fuimos formó lo que somos. Y rescatamos lo más importante para regocijo del corazón: el cariño que estaba guardado y por fin nos animamos a decir. Los recuerdos abrigan como resolana... Está anocheciendo sobre el río... sólo se ven las luces de los barcos... tal vez no tuvimos tiempo... |